Una versión española

Después de tres magníficos días en la playa, he regresado descansada, relajada y con mucha ganas de escribir un nuevo post en casicuarenta, que el tiempo apremia y hay muchas cosas que contar.

Y aquí me encuentro, en mi nueva casita, sentada en mi nueva silla roja de Maison du Monde y mi mesa Ikea, tecleando “tictictic” a un dedo. Sí, lo confieso, soy de las que tecleo a toda prisa, fuerte y con un dedito de cada mano. Mal, lo sé. Todo ello muy blogger o mejor dicho, muy Carrie Bradshaw de Sexo en Nueva York, salvando algunas diferencias, como mi mecanografía y algunas más…

La primera y no más importante, mi vida sexual no es tan agitada como nuestra protagonista ni deseo un Mr. Big en mi vida. Yo soy más de Harvey Specter de Suits, personaje que merecería un post dedicado a exclusivamente a él, así que no me voy a extender que me pierdo.

La segunda, y muy evidente, no estoy en Nueva York, pero las vistas que ahora mismo contemplo nada tienen que envidiar a los rascacielos de la Gran Manzana. Mi Malasaña, que no me la cambien.

La tercera, la indumentaria. Podría inventarme mil conjuntos de lo más sexy, chic, pero la verdad es que voy con una camiseta Facebook de lo más friki, por aquello de la inspiración. Intentaré ir mejorando esta cuestión; algo he visto en Oysho me está guiñando el ojo hace algunas semanas, pero a veces me hago de rogar.

Y la cuarta y más destacable, es que en estos momentos, me estoy zampando  patatas fritas, olivas y fuet, todo muy bien colocadito al lado de mi ordenador. Tecleo, como, como y sigo tecleando. Todo muy rico. Y para qué vamos a engañarnos, yo creo que nuestra Carrie americana pocos aperitivos ha probado. Ella vive en Nueva York, yo en España. Punto a mi favor.

Creo que antes de los cuarenta, me llaman para grabar la versión española de Sexo en Nueva York. Como que lo veo… ¡Acción!

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¡Buenos días, fin de semana!

Hace ya casi un mes que estoy durmiendo en mi nuevo apartamento y todavía no había podido levantarme tranquilamente, sin despertador ni prisas. El tema empezaba a angustiarme. No podía demorar un fin de semana más. Agenda bloqueada. Empezaba operación: breakfast weekend.

Como diría nuestro gran amigo Enrique Iglesias: fue una experiencia religiosa. Impresionante la sensación de despertarse con el sonido de los pájaros. Si viviese en el campo esto sería lo más normal, pero os recuerdo que vivo en el centro de Malasaña. Pensé que me había muerto y estaba en el cielo. Quizás un poco exagerado, pero pilláis la idea.

Cuando me di cuenta que seguía vivita y coleando, decidí que debía pasar a la acción. Era mi momento favorito del día… ¡El desayuno! Pero para preparar un buen desayuno es importante acordarse de hacer la compra el día anterior, así que me tuve que conformar con unas tostadas y un café con leche. No está mal, pero infinitamente mejorable.

El siguiente paso fue instalar mi centro de operaciones en la cama: desayuno, móvil, ordenador y libro. No hace falta decir que no salí de la cama en las horas siguientes, no voy a decir el número exacto, no hace falta.  Eso sí, para próximos desayunos sería interesante contar con una bandeja de cama, imprescindible en mi nueva vida de casicuarenta.

Tanto me ha gustado la experiencia de este fin de semana que ayer por la noche se me olvidó poner el despertador… Esta noche quizás se me vuelva a olvidar 😉 ¡Feliz semana!

Días de mudanza

Sin prisa, pero sin pausa. Me mudaba a cinco minutos de Amaniel. Con unos pocos viajes cada día, lo tenía solucionado:   “No, hombre, no, no necesito ayuda. La nueva casa está a cuatro calles. Es subir y bajar. No creo que cueste mucho: lo puedo hacer yo sola…”.

¿Perdonaaaaaa? Nueve horas cada día. Carrito de la compra, calle arriba y calle abajo. Sin parar. Más de diez kilómetros por día. No está nada mal. Alejandro, el portero de Amaniel, creo que todavía lo está flipando.

Solo tenía que recoger mi habitación. La mitad de cosas las había vendido por Wallapop y la otra mitad me la había comprado mi casero. Si lo hubiera tenido que mover todo de casa todavía estoy haciendo la mudanza.

La idea era hacer el traslado durante todo el lunes. El martes lo tenía reservado para Ikea, Movistar y Madrid Portes, que me traerían el colchón a mi nueva casa. Estaban convocados de tal forma que no se encontrasen todos a la misma hora y en el mismo lugar. Pero a las 12 pm aparecieron todos a la vez. Esto sí que es estrenar una casa: seis hombres con mono azul.  Si soy sincera creo que no voy a tener tanto hombre junto en ese espacio reducido que es mi nueva vivienda. No tengo documentación gráfica al respecto. Una lástima.

Todavía falta alguna cosa por llegar. Mientras tanto, vivo en el minicaos, en mi minicaos particular. Resulta que me dejé algunas cosas en Amaniel ¿A propósito? Quizás es obra del subconsciente.  Seguro que necesitaré más de un viaje.