Días de mudanza

Sin prisa, pero sin pausa. Me mudaba a cinco minutos de Amaniel. Con unos pocos viajes cada día, lo tenía solucionado:   “No, hombre, no, no necesito ayuda. La nueva casa está a cuatro calles. Es subir y bajar. No creo que cueste mucho: lo puedo hacer yo sola…”.

¿Perdonaaaaaa? Nueve horas cada día. Carrito de la compra, calle arriba y calle abajo. Sin parar. Más de diez kilómetros por día. No está nada mal. Alejandro, el portero de Amaniel, creo que todavía lo está flipando.

Solo tenía que recoger mi habitación. La mitad de cosas las había vendido por Wallapop y la otra mitad me la había comprado mi casero. Si lo hubiera tenido que mover todo de casa todavía estoy haciendo la mudanza.

La idea era hacer el traslado durante todo el lunes. El martes lo tenía reservado para Ikea, Movistar y Madrid Portes, que me traerían el colchón a mi nueva casa. Estaban convocados de tal forma que no se encontrasen todos a la misma hora y en el mismo lugar. Pero a las 12 pm aparecieron todos a la vez. Esto sí que es estrenar una casa: seis hombres con mono azul.  Si soy sincera creo que no voy a tener tanto hombre junto en ese espacio reducido que es mi nueva vivienda. No tengo documentación gráfica al respecto. Una lástima.

Todavía falta alguna cosa por llegar. Mientras tanto, vivo en el minicaos, en mi minicaos particular. Resulta que me dejé algunas cosas en Amaniel ¿A propósito? Quizás es obra del subconsciente.  Seguro que necesitaré más de un viaje.

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