En mis zapatos

Hace algunas semanas cayó en mis manos la saga de literatura romántica En los zapatos de Valeria, cuatro libros escritos por Elísabet Benavent y protagonizados por cuatro amigas de casitreinta: Valeria, Lola, Carmen y Nerea. Ya os podéis imaginar de qué tratan… 😉

Los estaba leyendo mi mejor amiga hace algún tiempo y aunque me los había recomendado, no les presté la atención que se merecían. Y tengo que admitirlo: ¡me encantan!

Soy consciente de que este tipo de libros va dirigido a chicas de veintimuchos y treinta y pocos. Lo sé, debo madurar. Pensé que era algo transitorio. Todos tenemos alguno de esos momentos de nuestra vida en los que necesitamos lectura facilona y divertida. No pasa nada, Mireia.

Bien. O no tan bien. La semana pasada pasé por el Fnac y compré el primer libro de la saga de Silvia de la misma autora, @Betacoqueta: Persiguiendo a Silvia. He tenido que pautarme la lectura, ya que por poco me lo leo en una noche. Autocontrol, Mireia, Por favor, autocontrol que ya tienes casicuarenta. Y este tipo de libros ya sabemos todas como acaban. Sorpresas, al final no suelen haber, pero en el mientras tanto… me flipo.

A estas alturas, vivo en un mar de dudas. No sé si me gusta más Víctor, Álvaro o Gabriel. Elísabet, desde aquí te lo ruego: deja de escribir. Si sigo leyendo tus libros creo que no voy a encontrar pareja ni en cien años.

Estoy muy orgullosa de mí misma: al final he conseguido que Silvia, Víctor, Bea y Gabriel me acompañen durante los cuatro días de vacaciones. Pero hasta aquí llegó mi autocontrol: esta tarde voy a comprarme la segunda parte de la saga de Silvia: Encontrando a Silvia

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Días de mudanza

Sin prisa, pero sin pausa. Me mudaba a cinco minutos de Amaniel. Con unos pocos viajes cada día, lo tenía solucionado:   “No, hombre, no, no necesito ayuda. La nueva casa está a cuatro calles. Es subir y bajar. No creo que cueste mucho: lo puedo hacer yo sola…”.

¿Perdonaaaaaa? Nueve horas cada día. Carrito de la compra, calle arriba y calle abajo. Sin parar. Más de diez kilómetros por día. No está nada mal. Alejandro, el portero de Amaniel, creo que todavía lo está flipando.

Solo tenía que recoger mi habitación. La mitad de cosas las había vendido por Wallapop y la otra mitad me la había comprado mi casero. Si lo hubiera tenido que mover todo de casa todavía estoy haciendo la mudanza.

La idea era hacer el traslado durante todo el lunes. El martes lo tenía reservado para Ikea, Movistar y Madrid Portes, que me traerían el colchón a mi nueva casa. Estaban convocados de tal forma que no se encontrasen todos a la misma hora y en el mismo lugar. Pero a las 12 pm aparecieron todos a la vez. Esto sí que es estrenar una casa: seis hombres con mono azul.  Si soy sincera creo que no voy a tener tanto hombre junto en ese espacio reducido que es mi nueva vivienda. No tengo documentación gráfica al respecto. Una lástima.

Todavía falta alguna cosa por llegar. Mientras tanto, vivo en el minicaos, en mi minicaos particular. Resulta que me dejé algunas cosas en Amaniel ¿A propósito? Quizás es obra del subconsciente.  Seguro que necesitaré más de un viaje.

Room Service: I like it

Es difícil admitirlo, pero me declaro oficialmente fan del room service, lo que comúnmente se conoce como servicio de habitaciones. Durante toda mi vida lo he visto como algo que no iba conmigo, que no lo iba a utilizar nunca, a no ser que me encontrase en alguna situación excepcional.

Todos tenemos claro que si tenemos que trabajar fuera de casa, al menos podemos aprovechar los ratos libres para probar sitios nuevos en los que degustar la gastronomía local. Explorar las ciudades españolas a través de su cocina era algo apasionante, hasta que llegó a mi vida el room service.

Hace algunos meses que aparecieron los primeros síntomas.

Fue en Valencia: había tenido una semana dura y no tenía ganas de salir a buscar un restaurante. Pensé que era un hecho aislado. Tenía un sinfín de excusas, todas muy justificadas y pedí un sándwich mixto, mi sándwich favorito. Me lo sirvieron en una bandeja cubierto con una campana, como en las películas. Me encantó.  Cuando lo destapé y vi lo que había en su interior, todo tan bien colocadito, me sentí como una estrella de Hollywood. No puede evitar compartir ese momento con mi querida madre, que a veces piensa que no sé cuidarme lo suficiente ;-). Y quedó como un hecho aislado. Un pequeño lujo aislado.

El pasado jueves estuve en Málaga: la ciudad del sol y el mar. Nada hacía presagiar lo que iba a suceder a continuación.  Llegué al hotel bastante tarde y lo primero que pensé al entrar en la habitación fue en utilizar el servicio de habitaciones, otra vez.

Con la misma ilusión, pedí mi querido sándwich mixto aunque en esta ocasión, era una versión más gourmet con una pinta deliciosa… Y llegó la bandeja a mi habitación. Qué bajón. Mi sándwich mixto deluxe… ¡cubierto con una simple servilleta! “Houston, tenemos un problema”:  ¿dónde estaba la tapa plateada ovalada? Sin esa tapa el room service ya no es un room service. Afortunadamente, el sándwich estaba riquísimo.

Ahora que lo pienso, quizás he utilizado más de dos veces este servicio. Es más grave de lo que me imaginaba. Aunque la próxima vez, me aseguraré de que el servicio incluye tapa ovalada plateada.